domingo, 21 de noviembre de 2010

Reflexiones sobre el individuo, el colectivo y la ciudad. I

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“I’ll not live for any other man’s sake, neither will I ask them to live for mine”

Howard Roark

A través del personaje de Howard Roark, arquitecto, Ayn Rand nos presenta a su ideal de hombre. El individualista, ese hombre que consigue sus propósitos, o al menos lo intenta, sin la ayuda de los demás, sin importarle las opiniones que sobre el se viertan.

Ahora nos encontramos, sin embargo, en la necesidad de construir viviendas, equipamientos, para una serie de colectivos que, en principio, parecen haber fracasado en ese propósito.

Esta claro que no es nuestra labor como arquitectos la de juzgarles, sino “simplemente” facilitar los medios para que se reintegren y comiencen a ser miembros productivos de la sociedad, esperando que en el futuro devuelvan con creces los que les ha sido prestado. Una vez dicho esto, nos encontramos con lo que en resumen debería ser el objetivo de este proyecto, el punto principal de este programa: la conversión de estos individuos o colectivos en miembros productores de riqueza en el menor tiempo y con el menor gasto posible. Eliminemos pues lujos innecesarios en el proceso.

En principio, el problema más acuciante de nuestros colectivos es la “exclusión social”, el desarraigo, y todo lo que eso conlleva, la caída en un circulo vicioso de difícil escape. Dado que buscamos la integración, carece totalmente de sentido separarles, la creación de un guetto. Es por esta razón por la que nuestro proyecto va mucho más allá de la creación de un numero X de viviendas y de sus dotaciones asociadas en un limitado espacio de 3500 m2. Para solucionar estos problemas debemos de tomar un punto de vista diferente, debemos marcarnos una meta más ambiciosa. Hablamos aquí de la Ciudad en Pruebas; ¿es una ciudad de pequeñas piezas, un puzzle en el que unas piezas apenas encajan con otras y que hay que consolidar por la fuerza? Tal y como yo lo veo eso no puede funcionar, la solución ha de ser un plan que contemple las necesidades de nuestro colectivo, pero que debe ser lo suficientemente amplio para que estas necesidades no solo se mezclen con el programa del barrio. Deben disolverse en él.

“ A brave new World, we have to start all over again.

Just a handful of men”

Jeff Wayne “War of the worlds”

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A pesar de lo que pueda parecer, este no es un proyecto colectivista. Nada me desagradaría más que eso. Queremos desmarcarnos de la norma, crear un lugar para que el individuo pueda desarrollarse en plenitud. El empleo de cocinas, comedores, lavanderías comunes, es un medio para el desarrollo de individuos plenos. Es la oportunidad que damos a nuestros “clientes” de integrarse en una autentica sociedad activa, en un barrio vivo. Esto no es una burbuja en la que pueda revolcarse en autocompasión auxiliados por la ayuda del estado. Todo el programa que proponemos se desarrollará a través del trabajo de cada uno de estos individuos. Vamos a darles la oportunidad de obtener un trabajo, de incrementar su red de contactos, de hacer valer sus conocimientos y profesiones, en el caso de los que los posean, y de adquirirlos para los que no tienen nada. Nosotros les damos esta oportunidad, pero no es nuestra responsabilidad decidir que hacen con ella.

Historia de Hudge y Gudge

"Digamos que hay un sucio tugurio en Hoxton, rezumante de enfermedades y trufado de crímenes y promiscuidad. Digamos que hay dos jóvenes nobles y valientes, de intenciones puras y, si a ustedes les parece, de noble cuna; llamémosles Hudge y Gudge. Digamos que Hudge es de temperamento bullicioso; señala que la gente tiene que salir de ese agujero cueste lo que cueste; hace una colecta y recoge dinero, pero descubre ( a pesar de los grandes intereses financieros de los Hudge) que el asunto tendrá que hacerse de manera barata si quiere hacerse de inmediato. Por tanto, organiza una fila de altos pisos desnudos como colmenas, pronto tiene metidos a todos los pobres en sus pequeñas celdas de ladrillo, que son sin duda mejores que sus antiguos alojamientos, ya que son a prueba de inclemencias, están bien ventilados y tienen agua corriente. Pero Gudge es de naturaleza más delicada. Le parece que a las celditas de ladrillo les falta algo, plantea numerosos inconvenientes; incluso ataca el celebrado Informe Hudge con el Informe Disidente Gudge y a finales de año, más o menos llega a decirle airadamente a Hudge que la gente estaba mucho más feliz donde vivía antes. Como la gente conserva en ambos lugares el mismo aire de confusa tranquilidad, es muy difícil descubrir cuál de los dos tiene razón. Pero al menos se puede decir con seguridad que a nadie le gustó nunca el hedor o el hambre como tales, pero sí ciertos placeres peculiares que los acompañan. No piensa así el sensible Gudge. Mucho antes de la disputa final, Gudge ha conseguido convencerse a sí mismo de que los suburbios y las cloacas son lugares muy agradables; de que la costumbre de dormir catorce en una habitación es lo que ha hecho grande a nuestra Inglaterra, y de que el olor de las cañerías al aire libre es absolutamente fundamental para el desarrollo de una raza vikinga.
Mientras tanto, ¿no ha habido degeneración alguna en Hudge? Por desgracia, me temo que sí. Esos extraños y feos edificios que en un principio alzó como sencillos cobertizos para cobijar la vida humana resultan cada vez más encantadores a sus ilusos ojos. Las cosas que nunca hubiera soñado defender, excepto como crudas necesidades, cosas como las cocinas comunes o las espantosas estufas de amianto, empiezan a brillar sagradas ante él, sólo porque reflejan la ira de Gudge. Sostiene, con ayuda de valientes libritos socialistas, que el hombre es realmente más feliz en una colmena que en una casa. La dificultad Practica de mantener a completos extraños fuera de tu dormitorio la describe como una "hermandad", y la necesidad de subir veintitrés tramos de fríos escalones de piedra, me atrevería a decir que lo llama "esfuerzo". El resultado final de su filantrópica aventura es éste: que uno ha llegado a defender suburbios indefendibles y a aún más indefendibles caseros de los suburbios, mientras que el otro ha llegado a considerar divinos los cobertizos y tuberías que antes consideraba infectos."

G.K. Chesterton, "Lo que está mal en el mundo"