"Digamos que hay un sucio tugurio en Hoxton, rezumante de enfermedades y trufado de crímenes y promiscuidad. Digamos que hay dos jóvenes nobles y valientes, de intenciones puras y, si a ustedes les parece, de noble cuna; llamémosles Hudge y Gudge. Digamos que Hudge es de temperamento bullicioso; señala que la gente tiene que salir de ese agujero cueste lo que cueste; hace una colecta y recoge dinero, pero descubre ( a pesar de los grandes intereses financieros de los Hudge) que el asunto tendrá que hacerse de manera barata si quiere hacerse de inmediato. Por tanto, organiza una fila de altos pisos desnudos como colmenas, pronto tiene metidos a todos los pobres en sus pequeñas celdas de ladrillo, que son sin duda mejores que sus antiguos alojamientos, ya que son a prueba de inclemencias, están bien ventilados y tienen agua corriente. Pero Gudge es de naturaleza más delicada. Le parece que a las celditas de ladrillo les falta algo, plantea numerosos inconvenientes; incluso ataca el celebrado Informe Hudge con el Informe Disidente Gudge y a finales de año, más o menos llega a decirle airadamente a Hudge que la gente estaba mucho más feliz donde vivía antes. Como la gente conserva en ambos lugares el mismo aire de confusa tranquilidad, es muy difícil descubrir cuál de los dos tiene razón. Pero al menos se puede decir con seguridad que a nadie le gustó nunca el hedor o el hambre como tales, pero sí ciertos placeres peculiares que los acompañan. No piensa así el sensible Gudge. Mucho antes de la disputa final, Gudge ha conseguido convencerse a sí mismo de que los suburbios y las cloacas son lugares muy agradables; de que la costumbre de dormir catorce en una habitación es lo que ha hecho grande a nuestra Inglaterra, y de que el olor de las cañerías al aire libre es absolutamente fundamental para el desarrollo de una raza vikinga.
Mientras tanto, ¿no ha habido degeneración alguna en Hudge? Por desgracia, me temo que sí. Esos extraños y feos edificios que en un principio alzó como sencillos cobertizos para cobijar la vida humana resultan cada vez más encantadores a sus ilusos ojos. Las cosas que nunca hubiera soñado defender, excepto como crudas necesidades, cosas como las cocinas comunes o las espantosas estufas de amianto, empiezan a brillar sagradas ante él, sólo porque reflejan la ira de Gudge. Sostiene, con ayuda de valientes libritos socialistas, que el hombre es realmente más feliz en una colmena que en una casa. La dificultad Practica de mantener a completos extraños fuera de tu dormitorio la describe como una "hermandad", y la necesidad de subir veintitrés tramos de fríos escalones de piedra, me atrevería a decir que lo llama "esfuerzo". El resultado final de su filantrópica aventura es éste: que uno ha llegado a defender suburbios indefendibles y a aún más indefendibles caseros de los suburbios, mientras que el otro ha llegado a considerar divinos los cobertizos y tuberías que antes consideraba infectos."
G.K. Chesterton, "Lo que está mal en el mundo"
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